lunes, 15 de febrero de 2016

A 5 SIGLOS DE LA DEMOLICIÓN DE SAN FRANCISCO


Por Ángel Jiménez Biurrun
 Los Reyes Católicos conquistaron Navarra hace 500 años y la anexionaron a la Corona de Castilla. A pesar de las protestas de la nobleza navarra, de agramonteses y beaumonteses, se dieron órdenes de demoler las fortalezas de Tudela, Tafalla, Lumbier, Lerín, Olite, etc ... No conformes con esta táctica funesta, en 1516 el duque de Nájera mandó desmochar el convento de San Francisco de Olite, respetando la iglesia, por ser el cenobio muy fuerte y estar a extramuros del pueblo, lo que constituía un obstáculo para la defensa de la plaza. Ahora precisamente se cumple cinco siglos de estos abusos.
            He aquí cómo lo refirió el padre Moret, cronista del reino de Navarra: “Entre los muchos y nobles edificios que en esta acerba calamidad cayeron por tierra, causó gran lástima el convento de San Francisco de Olite,  a quien, por fuerte situación y de fábrica, no le valió sagrado, ni se tuvo respeto a su ancianidad, ni a la piedad con la que era frecuentado y reverenciado de los fieles como uno de los santuarios más insignes de Navarra. Más tarde fue restaurado con la colaboración de los vecinos de Olite”.
           Con razón los olitenses miraban con desprecio a los destacamentos de tropas castellanas que llegaban a descansar, siendo incluso vistos con desconfianza. En 1564 la villa andaba revuelta. Había acantonada gente de guerra que no era del agrado del vecindario y aquello acabó como el rosario de la aurora. Un grupo de jóvenes, al amparo de la oscuridad de la noche, arremetió contra Pedro del Castillo, secretario de don Sancho de Córdova, veedor general, que iba  acompañado por un alguacil, dándole dos cuchilladas en la cabeza y una mano, rompiéndole, además, la vara de justicia.
            Los agresores huyeron a la iglesia de San Francisco y de allí a la de San Antón. Mandaron prender a los culpables. Pero los guardianes del convento, muy celosos de sus dignidad, exigieron al licenciado que restituyera a los detenidos a la Iglesia por, según los fueros navarros, encontrarse dentro de jurisdicción eclesial y que eran ellos, por tanto, la autoridad en el templo. El tozudo alguacil se negó a devolver a los detenidos y, entonces, los vicarios de la villa le excomulgaron. También cerraron las puertas de las iglesias cada vez que intentaba acudir a ellas.
            Los archivos cuentan que los soldados castellanos siguieron acampando en Olite y que el pueblo no olvidó que habían desmochado las murallas y el convento para anexionar Navarra. En 1601 se repitió otro escándalo brutal. Un beneficiado de las parroquias de Olite, con su hermano y otros secuaces, dieron muerte al alférez Montaños, ayudante del virrey. Le engañaron con una carta falsa en la que le invitaban a acudir de noche a la casa de una moza del pueblo. El asunto terminó mal. El hermano del clérigo fue sentenciado a muerte y el beneficiado Pedro de Solchaga huyó a Aragón mientras se ordenó arrasar sus bienes. Después marchó a Roma, donde tuvo un monitorio favorable del Papa. Volvió al reino y estuvo en casa del abad de Benegorría, a quien el fiscal acusó de encubridor. Pidió para él la pena de muerte. Finalmente, enfermo y fatigado, don Pedro se presentó al Previsor y el acusado fue condonado con cierta benignidad. Murió poco después.
            Se podría escribir todo un libro con los legajos que tratan de las tropas que han pasado por Olite. Por la relevancia geográfica del Camino Real que discurre de norte a  sur, Olite con su castillo se halla en el corazón de Navarra y ha sido paso y descanso de toda clase de tropas durante siglos. La última fue en 1946. Hacía siete años que había terminado la guerra civil y los soldados que estuvieron destacados pertenecía al, también castellano, segundo grupo del regimiento de artillería número 26 de Valladolid.

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