miércoles, 22 de diciembre de 2010

BAILE DE PASTORES EN LA MISA DEL GALLO

A penas han llegado a nuestros días testimonios de las viejas dantzas que bailaban nuestros antepasados. Una de las que no queda ni rastro, pero dejó huella escrita, es la que tenía lugar en la iglesia de los Franciscanos de Olite/Erriberri todas las nochebuenas, a la hora de la Misa del Gallo, y que tenía por protagonista a los pastores del pueblo que danzaban ante un Niño Jesús que bajaba del techo dentro de un ingenio mecánico en “forma de alcachofa“. El religioso Celso González, en 1915, y los investigadores navarros José Mª Iribarren y José Mª Jimeno Jurío, más tarde, recogieron en sus libros esta antigua costumbre que no ha tenido continuidad en Olite.
El relato del franciscano González es, posiblemente, la narración escrita más completa hecha sobre aquellos dantzaris olitenses que buscaban la víspera de Navidad para, ante el Ayuntamiento y los vecinos que llenaban el templo, ofrecer una baile singular al niños dios que acababa de nacer.

“Postrimerías del Castillo de Olite” es el título del libro que firma este fraile que describe minuciosamente las funciones religiosas de las nochebuenas del siglo XIX. En el texto, el padre Celso González se entretiene en recrear cómo era la atmósfera previa al espectáculo.

El narrador alaba que los ediles del Ayuntamiento concurrían vestidos a la antigua usanza, con traje de “golilla”, lejos del “frac y chistera” que empezaban a extenderse entre las autoridades gobernantes más elevadas. Explica que acompañaban al alcalde y concejales, un macero y varios músicos “ministriles tocados con puntiagudos tricornios”.

El religiosos precisa que después de la Misa del Gallo llegaba el momento culminante de la danza. Desde la cúpula de la iglesia descendía “pendiente de una larga cuerda, una especie de alcachofa artificial, la cual merced a un ingeniosos mecanismo, al llegar cerca del suelo se abría en dos mitades”.

En ese momento de máxima atención, el artefacto dejaba ver en su interior “al Divino Infante reclinado en preciosa cuna”. A continuación, “los pastores del pueblo, previamente invitados, comenzaban entonces una danza original entorno al niño Jesús, símbolo de la alegría que experimentaron sus hermanos de Belén …”.

La narración cuenta que el espectáculo acababa “adorando todos al niño, comenzando por los pastores”. Terminada la ofrenda “comenzaba la pascua y cesaba la abstinencia”. Los rabadanes abandonaban el templo y se iban a cenar la “sopa-cana”, que elaboraban con pan adobado con sebo de capón.

El investigador artajonés José Mª Jimeno Jurío asegura en su estudio “Calendario Festivo” que el baile de Olite “se venía celebrando desde tiempo inmemorial”. Añade que en el momento de bajar del techo la gran “alcachofa”, el grupo de pastores “esperaba debajo la llegada del envío celestial”. Entonces, tal y como también aprecia el tudelano José Mª Iribarren, el artefacto se abría y aparecía la imagen del Niño. “Inmediatamente los pastores trenzaban danzas a su derredor, mientras el pueblo, panderetas al aire y ritmo sordo de zambombas, entonaba cantos al Niño Manuel”. Después, dantzaris, ayuntamiento y vecinos pasaban a adorar el Nacimiento. Más tarde, los pastores “se reunían en una casa” para cenar la “sopa cana”.

No es extraño que el primer testimonio de la peculiar danza olitense saliera de la pluma de un fraile franciscano, orden religiosa muy relacionada en Europa con la tradición de la Navidad y, sobre todo, del Belén. La costumbre olitense tampoco era exclusiva y, por ejemplo, hay relatos parecidos que ocurren en fecha similar en otros pueblos cercanos.

En Tafalla, sin ir más lejos y también en la misma misa de Nochebuena y en el desaparecido templo de San Francisco, las “Memorias-Escenas de la vida tafallesa” escritas por Ángel Morrás describen cómo a principios del XIX un ganadero apellidado Flamarique y una mujer muy conocida que llamaban “La Chata” salían para invitar al baile.

Un fraile de la orden, el padre Gorriti, tocaba el txistu y el tamboril en mitad del templo. Animaba así a incorporarse a la danza, a la vez que recitaba esta coplilla: “Salga la Chula/ con Flamarique; salga la Chula/ salga a bailar”. En Tafalla, pero además en Uxue, Oloritz, Marcilla, Falces o Milagro, la misa del Gallo también era marco apropiado para villancicos y bailes. Según José Mª Jimeno Jurío, los protagonizaban auroros o pastores vestidos con “espalderas, abarcas y morrales”, que por instrumento portaban “panderos, zambombas, hierrillos o castañuelas“.

Jimeno Jurío también recuerda que hasta principios del siglo XX, en la mayoría de los pueblos, la cena de Nochebuena estaba marcada por la vigilia que prohibía tomar carnes y grasas. El besugo era el plato típico al que solía acompañar una buena sopa, “cana” como la de Olite o con almendras en otras localidades de la Merindad. El cardo tampoco podía faltar en una mesa en la que el postre solía ser la clásica compota de fruta cocida (pasas, ciruelas, “orejones” de melocotón desecados en casa) y, por supuesto, turrón “royo” de almendra.

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