miércoles, 18 de agosto de 2010

"LA INSOPORTABLE LEVEDAD DE UJUÉ"

Aquel niño de siete años había nacido en Corea, pero tenía el cabello rubio del sol que apura el verano, unos ojos pillos con destellos esmeralda y la cara rechoncha de la felicidad ingenua. Se parecía más a un guiri que a un japonés y, sin embargo, había venido al mundo en casa de su abuela de Olite, en el barrio de Corea.

La barriada tenía poco que ver, salvo el nombre, con el país del sudeste asiático del que había robado el apelativo a cuenta de una guerra que libraron los nativos orientales cuando en la ciudad del Castillo se construían unas “casa baratas” que inauguró Franco a mediados del siglo pasado. Un dictador generalísimo que llegó al pueblo con gorra de plato y repartió a los labriegos hogares de corral amplio, donde guardar grano, mula y aperos.

De la casa de la abuela Amparo y del abuelo “Chatillo” (se llamaba Fulgencio pero nadie le conocía por ese nombre tan raro) pasé a vivir al casco medieval de Olite. Sin embargo, yo siempre me sentí algo coreano. Allí acudía en cuanto podía, sobre todo en aquellas vacaciones largas de verano, que a finales de agosto ya soplaban frescas desde la cercana sierra de Ujué.

Mi barrio coreano era entones, hace cuarenta años, la periferia del pueblo. Situado a las afueras, en la salida hacia Beire, allí acababa la civilización y los paisanos se mezclaban con viñedos, olivos y parcelas de cereal.


Cuando agosto agonizaba, las uvas se tornaban tintas en las parras del señor Rada, que tenía una viña al lado de la calle de mi abuela. Como un carcelero con plus, mi tío vigilaba las cepas que cargaban más moscateles. Era el primero en guillotinarlas, a golpe de “hocete”, en cuanto de agrias pasaba a dulces.

El viñedo era un mar amarillo y ocre. Detrás de tanta vid, el niño distinguía los montes azules de la sierra. Un océano picado, en una de cuyas olas mayores cabalgaba, en la punta, el Santuario de la Virgen de Ujué. Y en esta ensoñación estaba cuando llegó el abuelo “Chatillo”, con su gran carro verde tirado por una yegua azabache. Mi abuelo era un tipo grandote, buen labrador, hombre hacendoso y grave.

Y entonces, el viejo, con su enorme mano callosa, tomó al frágil niño coreano del hombro. Elevó el dedo índice y apuntó al horizonte lejano. “Mira, -dijo con voz queda-, mira cómo crece Ujué...”. Definitivamente, pensé, el abuelo estaba gagá o el sol le había perforado la txapela que llevaba hasta en la cama.

“Chatillo, no veo nada”, contesté atolondrado. “Fíjate, fíjate bien…”, insistió. “Ujué crece y desde Corea vemos cómo cada año se eleva un poquico más. Cuando yo vine a vivir al barrio a penas era un grano en la montaña”.

El niño cumplió años y el cuento también. La leyenda se perdió en los vericuetos del cerebro. Hibernó la fábula de la villa ujuetarra a la que las montañas empujaban hacia las nubes. Una aparente quimera que redescubrí décadas después en la hemeroteca.

Al parecer, la historia tenía algo de cierto. Un periódico de aquí y otro de allí publicaron en 1965 “un rumor que había llegado de Olite”. El diario madrileño ABC llegó a titular: “Aumenta la altura del monte de Ujué. El crecimiento ha sido observado por los naturales del país”, y hasta el geógrafo Floristán aventuró el origen geológico de la elevación que ya apuntaba mi abuelo.

Desde que murieron los míos he vuelto poco a Corea. Me da congoja y me duele el corazón. En el barrio ya no están los viejos. Otras gentes pueblan las casas del sr. Gregorio, de Emiliano, “Pichón”, Golina, Miguel, del “Chatillo”… Las mujeres no salen a la “fresca” porque la TV y Belén Esteban se han comido la convivencia. No hay partidas de “bresca” en la calle y no conversan a todo volumen la sra. Marca, mi abuela, la Teo, Ascensión, Felisa o Vitoria. Josefina todavía vive y tiene un carro de biznietos.


Tampoco queda en el barrio la viña del sr. Rada. En el lugar de los moscateles ha crecido una urbanización de adosados que, paradojas de la burbuja inmobiliaria, se levanta en una nueva calle que el ayuntamiento ha bautizado “Camino del Calvario”. ¡Vaya sutileza para los bolsillos hipotecados!. Lo único que no ha variado es la luz del final del verano, el horizonte de la sierra y la insoportable felicidad con la que todavía se eleva Ujué a los ojos de los coreanos.

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