lunes, 17 de mayo de 2010

STA. BRÍGIDA, UN POCO DE IRLANDA EN OLITE

Los olitenses se echan al Monte Encinar este sábado 22 para celebrar la romería a la ermita que en la localidad tiene dedicada la abadesa irlandesa Brígida de Kildare, una costumbre de la que hay datos documentados desde 1319 y que se ha convertido en una de las fiestas populares con más sabor de la ciudad del Castillo.

Peregrinación de reyes, voto contra las plagas, plática para que las cosechas abunden o mera excusa para hermanar parroquianos, todo eso y más ha sido a lo largo de los siglos la romería a esta santa cuya advocación, al parecer, trajeron a estos pagos pobladores llegados del norte de Francia durante la
Edad Media.

La jornada, que este año coincide con el día propio de la romería, el 22 de mayo, aunque cuando cae en laborable se traslada al sábado cercano, comienza a la hora del almuerzo. Entonces olitenses y visitantes se acercan al paraje de la ermita románica situada a unos tres kilómetros al este de la localidad.

A mediodía una concurrida misa celebrada en el exterior del humilde y deteriorado templo sirve para bendecir los campos y, al final, repartir entre los presentes unos 2.000 bollos de pan que los paisanos guardan como oro en paño. Con algo de suerte, se pude oír una vieja jota que sólo entonan los mayores y que rescata antiguos tiempos:

Virgen de Santa Brígida,
Que estás en alto roquete,
Dale a mi padre buen trigo,
Para que me dé buen zoquete.


Mientras, las txarangas animan el monte y los grupos de amigos cocinan el tradicional “calderete”. La campa que hay cerca de la ermita, un espacio abierto entre el claro de encinos que reinan en el lugar, es el punto de encuentro tras la copiosa comida. Allí se instalan bares portátiles y, por ejemplo, el equipo local de baloncesto coloca una barra de las más animadas que, además, sirve para sufragar los gastos de su temporada deportiva.

El Erri Berri CD también suele organizar un bingo con el que se prolonga la juerga hasta que comienzan a arder los sarmientos que doran costillas y txistorras, preludio de una cena campestre que dura hasta que huye el sol y, sobre todo para los jóvenes, sigue después en el pueblo con una verbena en la Plaza Carlos III.

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